AUTOESTIMA Y APEGO

Con mucha frecuencia recibimos peticiones de ayuda en la consulta de familias preocupadas porque escuchan a sus hijos decir “que no valen, no saben, no pueden” o les ven tristes, con miedo a relacionarse con los otros,aislados…

Suelen pedirnos ayuda para que pensemos cómo reforzar la autoestima de sus hijos, la imagen que tienen de sí mismos y, en definitiva, la percepción del mundo que les rodea.

Siempre que tenemos este tipo de demanda, el primer paso es una entrevista de evaluación con los padres para conocer y recoger información clave para ayudar de manera eficaz, puesto que su papel es crucial en la meta de mejorar la autoestima de su hijo/a.

¿ Para qué incluimos a los padres cuando se quiere trabajar la autoestima de los hijo?  Resiliencia y Apego

 

Trasladado al ámbito de la psicología,la resiliencia la definiríamos como la capacidad de resistir los traumas y las adversidades de la vida,rehaciéndose y en algunos casos incluso desarrollando habilidades aprendidas a partir de dichas experiencias. Esta capacidad tiene su origen fundamental y viene condicionada por las vivencias durante los primeros tres años de vida,donde el ser humano se hace como una primera foto de cómo es la vida y cómo se tiene que relacionar con el mundo. Es una memoria vivencial.

Si durante este periodo sensible del desarrollo ese lazo invisible que llamamos apego y  que une al bebé con sus cuidadores principales, es flexible y cubre las necesidades en el contexto de una relación de buen trato, permite el desarrollo de características que definen la resiliencia primaria y que favorecen el autocuidado y el cuidado de las personas con las que los niños se relaciona: empatía, seguridad,autoestima,confianza,regulación de las emociones,altruismo…

Si el niño experimenta que sus necesidades se satisfacen y los cuidadores son sensibles,estando éstos coherentemente disponibles, existe alta probabilidad de que el niño desarrolle un apego seguro que  equivale a una autoestima fuerte y estable. Para eso necesitamos incluir al menos a uno de los cuidadores principales en la terapia. Este es nuestro reto.

Un abrazo,

Isabel Cano

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